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SER HIJOS, SER PROFETAS

  • Foto del escritor: Lucrecia Casemajor
    Lucrecia Casemajor
  • 13 mar 2019
  • 3 Min. de lectura

“La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios” (Rom 8,19)




Para esta Cuaresma, Francisco ha centrado su mensaje en estas palabras de Pablo y recorre varios otros decires del apóstol en este capítulo de la Carta a los Romanos.

Esta manera de Francisco de encarar lo que nos quiere decir, ya nos dice todo. La síntesis está en este capítulo 8 de Romanos que de entrada nos invita a una vida en el Espíritu para la plena realización del ser humano, en cuerpo, alma y espíritu.


Somos decididamente hijos de Dios cuando somos guiados por el Espíritu, dice Pablo. Cuando nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, digo. Ese tremendo amor del Padre y del Hijo que se derrama sobre nosotros desde Pentecostés, cuando nos hizo Iglesia, y quiere acompañar nuestro tiempo para que demos frutos de conversión personal, comunitaria, eclesial y social.


Y me pregunto, ¿qué manifestación me pide hoy a mí en lo personal y a nosotros desde lo comunitario? ¿Cuál es la manifestación de la que habla Pablo? ¿Qué tiene para manifestar hoy, en este tiempo, nuestra Iglesia?


Ante la vaciedad del valor de los cuerpos −que son la residencia del alma y del espíritu que Dios eligió para manifestar la plenitud de la Creación−; la carencia del pensamiento humanizado que distorsiona el verdadero discernimiento racional y la falta de vida en el espíritu que hace que las personas busquen desesperadamente una verdad –“sin saber que están buscando a Dios”, dice santa Teresa Benedicta de la Cruz−, quizá deberíamos emprender este camino de vida en el Espíritu que nos propone profética y decididamente Pablo, en los versículos siguientes (Rom 8, 20-27).


Animarnos a responder estas preguntas es caminar abrazados al Espíritu Santo que nos hace orar en espíritu y en verdad y sostiene nuestra Fe. Nos acompaña a dar y ser limosna sustentados y firmes en el Amor. Y nos guía a sobrevolar las desdichas y temores hundiendo nuestros corazones en el valle de la Esperanza. “Porque nuestra salvación es en esperanza”, dice Pablo Rom 8, 24.


Los cristianos −que nos levantamos por Jesús, con Jesús y en Jesús− sabemos que un cuerpo pleno es un cuerpo que se dona hasta sangrar. Que un alma plena es un alma sostenida por el prójimo, con el prójimo y en el prójimo. Y que un espíritu pleno es aquel que trabaja en profunda armonía y comunión trinitaria.


Creo que la manifestación de los hijos de Dios en este tiempo estará dada por pararnos sobre la roca firme como verdaderos profetas. Todos consagrados por la experiencia viva de un Jesús vivo. Todos anunciadores y testimonios genuinos de la Esperanza cristiana.

Porque así lo dice también hoy la carta de Pablo a los cristianos de Roma: “Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado”, (Rom 10, 9).


Perder el miedo y la vergüenza. Ser profetas de esperanza es decirle al mundo que sólo pude ser un cuerpo pleno cuando me encontré con Jesús. Que pude empezar a discernir y ver los signos de este tiempo, cuando pude escucharlo a Él. Que sólo pude entrar en la vida en el espíritu cuando permití que su Espíritu Santo me habitara enteramente.


Profetas de Esperanza para sostener el Camino, la Verdad y la Vida; para integrar la Verdad, la Bondad y la Belleza y para mostrar al mundo la gratuidad de los dones de la Fe, la Esperanza y el Amor. Animarnos a ser profetas es testificar y testimoniar que vivimos como hijos de Dios, dignos y libres.


Marzo 2019

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