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Sedentarios y empobrecidos

  • Foto del escritor: Lucrecia Casemajor
    Lucrecia Casemajor
  • 8 ene 2019
  • 2 Min. de lectura

Para mirarnos un poco y ver de qué se trata en profundidad el sedentarismo actual, podemos mirar estas causas desde el mismísimo sillón en el que trabajamos sentados y tirar la pelota afuera –delegando hábilmente nuestras responsabilidades en quien nos convenga– o podemos mirar el empobrecimiento que nos causa este sedentarismo.


La palabra sedentarismo viene del latín y califica a una persona como “quien trabaja sentado”. La Real Academia Española de la Lengua lo define como un oficio o un modo de vida de poco movimiento y, actualmente, también se aplica a la falta de actividad física.


La Organización Mundial de la Salud explica las causas tanto en los países desarrollados como en los que están en vías de desarrollo: la superpoblación, el aumento de la pobreza y la criminalidad, el tráfico, la inexistencia de parques e instalaciones deportivas y recreativas.


Tenemos el sedentarismo instalado en nuestras propias casas, en cada uno de nosotros, en nuestros hijos, nietos, abuelos, maridos y esposas. No se salva nadie, cualquiera sea el tipo de familia y también nos sucede en nuestras instituciones, organizaciones y movimientos sociales.


Una cultura del sedentarismo nos ha invadido el cuerpo que no sale a caminar y queda pochoclizado frente a la telenovela de culto. Pero eso no es todo: hay un sedentarismo de almas que se acomodan a lo que menos cueste, sea en pensamiento, voluntad o emociones y que tranzan con las superficialidades de moda a través de la cultura del cortar y pegar opiniones; las intensas actividades del guasapeo permanente y los discursos vaciados de sentido que conmueven con canciones chatarra y saltan lágrimas de palabras fáciles. Y lo que es peor, hay sedentarismo en los espíritus carentes de conciencia, de verdadera comunión de amor y de una apertura a la intuición profunda y el discernimiento que permiten recrear y reavivar los fuegos de la verdad, la justicia y la paz.


Nuestro sedentarismo actual, viene del adentro mismo de nuestros abismos, donde no podemos reconocer que sólo somos personas cuando nos relacionamos con otros. Este ser-con-otros –que nos hace hablar en plural y decir nosotros– es lo que nos impulsa a una vida activa, buceada, investigada, vibrante de curiosidad por lo que sucede en ese afuera de mí, más allá de mis límites y mis encierros.


Es esa manera de abandonar nuestros desvelos por lo que sólo me afecta o me interesa a mí y salir a ver qué les pasa o necesitan los que están afuera de mí.


Dicen que la superpoblación, el aumento de la pobreza y la criminalidad nos hacen sedentarios. Quizá sea por la impotencia o por la desmesura de lo que esas realidades implican en cuanto a las soluciones posibles. Pero me pregunto: ¿no será al revés?, ¿no podemos pensar que es el sedentarismo estructural la causa de todas las pobrezas? Otra: ¿no le cuesta más y más pobreza a nuestra humanidad el “trabajar sentada” y acomodada a las palabras inútiles?


Y la última: ¿acaso no somos más pobres ante nosotros mismos cuanto más desoímos las propuestas de nuestro propio corazón que late sin la posibilidad de ningún sedentarismo?


Una vida menos sedentaria y menos pobre aún nos está esperando: la que está en nuestras manos.


Cova del Drac, Mallorca

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