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La verdad, Simone Weil

  • Foto del escritor: Lucrecia Casemajor
    Lucrecia Casemajor
  • 27 dic 2018
  • 4 Min. de lectura

LAS NECESIDADES DEL ALMA

No hay posibilidad alguna de satisfacer en un pueblo la necesidad de verdad 

si para ello no pueden encontrarse hombres que la amen.



La verdad

La necesidad de verdad es la más sagrada de todas. Sin embargo nun­ca se habla de ella. Cuando se percibe la cantidad y la enormidad de falsedades materiales expuestas sin vergüenza incluso en los libros de los autores más reputados da miedo leer. Pues se lee como se bebería el agua de un pozo dudoso.


Hombres que trabajan ocho horas diarias hacen el gran esfuerzo de leer por la noche para instruirse. Como no pueden ir a las grandes bibliotecas a verificar lo que han leído, creen todo lo que figura en los libros. No hay derecho a que se les dé de comer algo falso. ¿Qué sentido tiene alegar que los autores van de buena fe? Ellos no hacen ocho horas diarias de trabajo físico. La sociedad les alimenta para que dispongan de tiempo libre y se tomen la molestia de evitar el error.


Un guardagujas culpable de un descarrilamiento que alegara buena fe no sería precisamente bien visto. Con mayor razón resulta vergonzoso que se tolere la existencia de diarios de los que todo el mundo sabe que ningún colaborador podría permanecer en el cargo si a veces no aceptara alterar concien­temente la verdad.


El público recela de los diarios, pero esa desconfianza no le pro­tege. Como sabe que un diario contiene verdades y mentiras, reparte las noticias entre las dos rúbricas, pero al azar, según sus preferencias.  De este modo sigue expuesto al error.


Todo el mundo sabe que cuando el periodismo se confunde con la organización de la mentira constituye un crimen. Pero se considera delito impunible. ¿Qué impide castigar una actividad cuando ha sido reconocida como criminal? ¿De dónde proviene esta extraña idea de crímenes no punibles? Se trata de una de las deformaciones más monstruosas del espíritu jurídico.


¿No es hora ya de proclamar que todo crimen es punible, y que llegado el caso se está dispuesto a castigar todos los delitos?


Algunas sencillas medidas de salud pública podrían proteger a la población de los atentados contra la verdad.


La primera podría consistir en crear tribunales especiales de gran honorabilidad compuestos por magistrados especialmente elegidos y preparados. Se encargarían de castigar con la reprobación pública todo error evitable, y podrían infligir penas de cárcel en caso de frecuente reincidencia agravada con manifiesta mala fe.


Por ejemplo, un amante de la Grecia antigua que leyera en el último libro de Maritain: «los mayores pensadores de la antigüedad no pensaron en condenar la esclavitud», citaría a Maritain ante uno de esos tribunales. Aportaría el único texto importante que sobre la esclavitud se ha conservado, el de Aristóteles. Haría leer a los magistrados la siguiente frase: «algunos afirman que la esclavitud es absolutamente contraria a la naturaleza y a la razón». Haría observar que permite suponer que entre esos «algunos» no estén los más gran­ pensadores de la antigüedad.


El tribunal censuraría a Maritain por haber impreso una afirmación falsa cuando le era tan fácil evitar el error, que constituye, aunque sea involuntariamente, una atroz calumnia contra toda una civilización. Todos los periódicos diarios y de otro tipo, las revistas y la radio estarían obligadas a poner  en conocimiento del público la censura del tribunal y, eventualmente, la respuesta de Maritain. En este caso concreto difícilmente podría tener alguna.


Cuando Gringoire* publicó in extenso un discurso atribuido a un anarquista español anunciado como orador en una reunión parisina pero que en el último momento no había podido salir de España, un tribunal semejante no habría estado de más. Siendo en ese caso la mala fe más evidente que dos y dos son cuatro, la cárcel quizá no habría sido demasiado severa.


En un sistema así, se permitiría llevar la acusación ante los tribu­nales a cualquiera que detectase un error evitable en un texto impreso o en una emisión de radio.

La segunda medida consistiría en prohibir absolutamente la pro­paganda de todo tipo en la radio o en la prensa diaria. A estos dos instrumentos sólo se les permitiría servir información no tendenciosa. Los tribunales en cuestión velarían para que no lo fuese.


Respecto de los órganos de información, deberían poder juzgar no únicamente las afirmaciones erróneas, sino también las omisiones voluntarias o tendenciosas.

Los medios de circulación de ideas que deseasen darIas a conocer sólo tendrían derecho a órganos semanales, quincenales o mensuales. No es en absoluto necesaria una periodicidad mayor si lo que se pre­tende es hacer pensar y no embrutecer.


La corrección de los medios de persuasión quedaría garantizada por la vigilancia de esos mismos tribunales, que estarían autorizados a suprimir un órgano en caso de alteración excesivamente frecuente de la verdad. Si bien los redactores podrían hacer reaparecer la publi­cación bajo otro nombre.


Todo esto no supondría el más mínimo perjuicio a las libertades públicas. Se satisfaría la más sagrada necesidad del alma humana: la protección contra la sugestión y el error.

Pero ¿quién garantizaría la imparcialidad de los jueces?, se obje­tará. La única garantía, aparte de su total independencia, consiste en que procedan de medios sociales diferentes, que estén dotados natu­ralmente de una inteligencia amplia, clara y precisa, y que hayan sido formados en una escuela donde no se les dé una educación jurídica sino principalmente espiritual y secundariamente intelectual. Es ne­cesario que se acostumbren a amar la verdad.


No hay posibilidad alguna de satisfacer en un pueblo la necesidad de verdad si para ello no pueden encontrarse hombres que la amen.


Texto de 1943


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Simone Weil nació en París en 1909 y murió en Inglaterra en  1943. De familia judía, estudió en la Sorbonne de París junto a Simone de Beauvoir. Su apasionado interés por el sufrimiento humano la llevó a trabajar  en fábricas  de Francia y a participar en la Guerra Civil Española. Militó apasionadamente por un pacifismo intransigente pero, al mismo tiempo, se compromete en la columna anarquista Durruti en España que lucha contra Francisco Franco dentro del bando republicano español. Es periodista voluntaria en Barcelona y se incorpora al combate armado en Aragón. Allí aprende a usar el fusil pero nunca se atreve a dispararlo. De esta cruda experiencia, le queda el amargo sentimiento de la brutalidad y del sinsentido de la guerra.


Huyó a los EE UU junto a sus padres con la promesa de volver a Francia. Se convirtió Enferma de tuberculosis se negó a comer mas  de las raciones que Hitler le daba a sus congéneres en al Francia ocupada. En sus últimos años de vida, escribió sus ensayos más importantes  sobre política, filosofía y religión.  Weil no tuvo formación judía alguna. Sus escritos religiosos son netamente cristianos. Es considerada una de las pensadoras más destacadas del S XX. 

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