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El silencio de los gestos y los gestos del silencio

  • Foto del escritor: Lucrecia Casemajor
    Lucrecia Casemajor
  • 10 ene 2019
  • 2 Min. de lectura



Todos estamos indisolublemente atados a los gestos. A los nuestros y a los de cada uno que visita nuestra vida, más o menos de paso. A los que hacemos sin darnos cuenta. A los que estudiamos cuidadosamente para hacernos ver. A los de otros, para saberlos. A los que no quisiera que muestren mi alma desprotegida y sola. Estamos atados a los gestos de quienes nos aman y a los de quienes no.


Y pareciera que los gestos son silenciosos, como si esa fuera la condición de su existencia. Pero no. Hay gestos que gritan. Hay gestos que hablan bajito. Hay gestos mudos. Hay gestos que nunca deberían cobrar existencia. Hay algunos que no dicen nada. Hay gestos de amor ensordecedores. Hay gestos donde estalla la ternura más allá del sí mismo. Hay gestos sagrados. Hay gestos con dimensión de infinito.


Y está la clasificación de los gestos que vamos rotulando desde el sentido común, con un supuesto aprendizaje de las formas, en una especie de vademecum gestual. Pero nunca existió una escuela de gestos, ni para su enseñanza ni para su interpretación. No sería posible.


Los gestos de cada ser son únicos y adquieren el matiz perfecto de sí mismo. Sean buenos o malos, nos gusten o no, sean apropiados, gentiles, ubicados, grandilocuentes, inconscientes, pretenciosos, delatores, sordos, asombrosos, modernos, incapaces, malolientes o misteriosos, los gestos no pertenecen ni a quien los emite, ni a quien los recibe… Son señales de vida que se nos aproximan y se alejan en el mismo instante que puedo percibirlos. Los gestos del otro no son míos, –apenas si puedo vislumbrar un instante de donación cuando acontecen–, pero el instante me pertenece tanto como lo irreductible de su forma.


Los gestos del silencio y el silencio de los gestos. En la sucesión de los gestos del silencio se acumula una forma que se hace única. En la sucesión de los silencios de los gestos se acumula un decir que se hace único. Y es en esa forma y en ese fondo acontecidos al infinito, que nos proyecta Dios en su eterno presente, para proponernos la marca indeleble del destino final en su Espíritu.


Allí donde los gestos y los silencios se hacen únicos, habitan las intermitencias del espíritu, que vivo y cierto, subraya su existencia más allá de toda pertenencia al cuerpo. Y las cuerdas del alma desentonan a sabiendas de que ha perdido una batalla en este suelo.


enero 2012

 
 
 

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